Cap. 5: The kids are alright

Previously on… Cap. 4: Under rug swept

Aun no entiendo bien qué significa madurar.

Pero lo que quiero es ser una persona que no te defraude,

cuando, algún día y en algún lugar, nos volvamos a encontrar,

dentro de mucho tiempo.

Makoto Shinkai, 5 centímetros por segundo

Abrí mis brazos y ella vino hacia mí, sonriendo. Permanecimos abrazados por largos segundos, frente a toda la gente que estaba cenando alrededor nuestro; en una extraña simetría, el momento me sonó similar a nuestra despedida en la estación de trenes, veinticinco años antes. Era un inicio prometedor, tal vez demasiado, vistos los antecedentes. Efectivamente, una vez evaporado ese instante, ya sentados frente a frente, las cosas empezaron a seguir un patrón más lógico y esperable.

La primera parte de la reunión tuvo los aspectos negativos que eran predecibles, vista su naturaleza a dos caras. Por un lado, el haber pasado las últimas dos décadas sin mayor comunicación justificaba una torpeza dialéctica, alimentada a base de anécdotas más o menos fútiles, el inevitable repaso en salud, dinero y amor de medio árbol genealógico, y algunos baches de embarazoso silencio. Por el otro, la tendencia a tomar partidos opuestos sobre los puntos más triviales que se puedan imaginar, cocida al punto en nuestra etapa de intercambio electrónico, volvió con creciente entusiasmo, reflejándose en tantos pero y tantos ya que una discusión más acalorada parecía estar a punto de hacer su ingreso en el restaurante.

Salon1

El Perro y la Galleta fue el lugar elegido para el reencuentro

el perro y la galleta mesa

La primera mesa de la izquierda fue la “mesa testigo”

La llegada de la cena puso freno a esa tendencia. Entre bocado y bocado, había menos tiempo para monólogos y melée, así que empezaron a surgir tópicos más sustanciosos: en qué momento de nuestra vida y de nuestras relaciones nos encontrábamos, qué planes y sueños habían quedado en el tintero, y cuáles, por su parte, habían sido estibados al fondo de un almacén polvoriento. Así, sin darnos cuenta, el reloj fue acelerando. Nos pasamos ampliamente el tiempo de la reserva y prácticamente, con firme gentileza, nos invitaron a irnos, que ya estaba bueno. Dejados a la deriva, y con aun varias leguas por cubrir, terminamos echando anclas en un bar cercano, que en un primer momento habíamos descartado hipócritamente por parecer muy de vejetes, y allí pusimos en escena el tercer acto de la reunión.

Que, por cierto, se abrió con fuegos artificiales, con una señal del destino que nos dejó ojipláticos: la lista de cócteles estaba encabezada por el pisco sour. Semejante coincidencia, con una bebida tan relacionada a parte de nuestra historia común, sonaba estremecedoramente de buen augurio, por lo que no dudamos en pedir inmediatamente dos copas. Pero claro, Ramsay Bolton diría que, si crees que esto tiene un final feliz, es que no has estado prestando atención: el pisco se les acababa de terminar. No sé si llegué a reír en voz alta, o me guardé la carcajada en algún rincón de mi cabeza, porque era todo tan metafórico que daba tranquilamente para eso.

El impase no interrumpió el flujo de conciencia iniciado en el restaurante, porque los diques ya llevaban horas abiertos, y la marea empezaba a rozar el análisis de qué nos pasó y por qué. Nunca habíamos hablado al respecto, incluso mientras estaba sucediendo. Algo estaba pasando. Algo significativo, probablemente el cierre agridulce, aunque cierre al fin, que me habían augurado mis estudiantes meses atrás. El equivalente del último intercambio de miradas entre Mia y Sebastian antes del fade to black.

Inesperadamente, Ella mencionó que se estaba haciendo tarde, porque el día siguiente tenía que ir a trabajar. Yo, de vuelta, comenté que también tenía que volver a una hora decente al hotel, puesto que aún no había hecho las maletas. No le di importancia al asunto, y me pareció que ella se había olvidado del tema, puesto que seguimos conversando como si nada hubiese pasado.

Cuando, minutos después, se repitió el mismo concepto, asumí que era una muletilla coqueta, algo en plan quiero que sepas que sé que es tarde y que debería estar en otro lado, y aun así prefiero seguir haciendo esto. Porque además sabía que no había nadie en casa esperándola, pues su chico estaba de viaje, y que frente a ciertos eventos uno se la juega y si se pierden horas de sueño, amén, que para algo existe la cafeína. Y lo más importante, yo me encontraba muy cómodo con lo que estaba sucediendo; mi última preocupación era el reloj. Al fin y al cabo, tenía claro que una situación así difícilmente se repetiría y quería aprovechar cada segundo.

Pero cuando la alarma verbal siguió sonando con cada vez más frecuencia, empecé a interrogarme si no estaba frente a un mecanismo de alerta, una señal consciente o inconsciente de su parte que indicaba que estábamos superando alguna barrera preestablecida, y era hora de poner marcha atrás. Como muchas veces en el pasado, mi primera reacción fue de fastidio, con tendencia a enojo. Una voz dentro de mí me pedía expresarlo abiertamente.

Nos vemos después de miles de años, he cruzado literalmente océanos y continentes para hacer esto, al fin hemos logrado establecer una conexión que nos permite decirnos lo que debimos decirnos hace tanto tiempo, ¿y te preocupan las horas de sueño? ¿Cuántas veces has ido a trabajar casi sin dormir por cosas menos importantes? ¿Cuántas veces crees que me tendrás al frente para decirme lo que quieras, sin una pantalla de móvil de por medio, sin más ojos u oídos cerca?

Al volver a oír la frase que me generó esa alergia, estuve a punto de abrir la boca y empezar a entonar esa canción. De golpe, algo cruzó mi cabeza.

Sólo te pido que, por favor, no le hagas daño.

Y todo me quedó claro, por primera vez. Todo lo que siempre estuvo mal. Todo lo que siempre hice mal.

Sentí como una esquina de boca se elevaba, lentamente. Por primera vez, había mirado fijamente al abismo, y había logrado alejarme antes de que él también mire dentro de mí. Aquello valía una sonrisa.

Sí, ya es tarde.

Tomamos un solo taxi, dado que estábamos en la misma ruta. En el apuro de la salida del bar, ya desierto, la foto conmemorativa que habíamos pactado al iniciar la cena quedó perdida en el olvido, y Ella se percató de esa falta cuando ya estábamos en camino hacia mi hotel, la primera parada del itinerario. La intentó subsanar con un selfie de emergencia, buscando aprovechar las luces interiores del coche, lo que complicó obtener un resultado de calidad aceptable. Para Ella, es la peor foto de la historia; para mí, no. Ella recriminaba que me veía muy achinado, casi irreconocible.

Yo lo veo de otra forma. En esta foto, esta vez sí, estoy mirando directamente a la cámara, no a un punto lejano del universo. Y estoy sonriendo. Vaya si estoy sonriendo.

El taxi llegó frente a mi hotel. Repetimos buenas intenciones de no dejar pasar mucho tiempo antes de volvernos a ver, como en tantas ocasiones anteriores, y nos dimos un último abrazo. Bajé y cerré la puerta; al llegar frente a la puerta del hotel algo me detuvo. Giré y la vi dentro del taxi, hablando con el conductor. Traté de absorber cada detalle de esa imagen.

Un aeropuerto. Una estación. Una esquina de Madrid.

Ella nunca se volteó. Nunca me vio, parado en una gélida noche de invierno, a una vereda de distancia, mirándola, listo para levantar una mano y decirle una vez más adiós. El taxi se fue.

No dejamos nada detrás de nosotros. No intercambiamos una última sonrisa. No vivíamos en La La Land.

Pero no era necesario nada de eso.

Aún si perdiésemos definitivamente contacto y nuestras vidas no se volviesen a cruzar nunca más, si éste hubiese sido realmente el último capítulo de la novela, nadie me quitará la sensación de que al fin encontré la salida a un laberinto de treinta años, por mi cuenta, sin esperar que el destino me la muestre o exigir que alguien más dé ese paso conmigo.

Porque, a fin de cuentas, es uno mismo quien tiene que construirse un lugar en el cual ser feliz.

Y creo que los dos, a nuestra manera, lo hemos logrado.

The kids are alright.

 

Cap. 4: Under rug swept

Previously on… Cap. 3: The winter of our discontent

Una persona es, entre todo lo demás,

una cosa material, que se rompe fácilmente

pero que no es fácil recomponer.

Ian McEwan, Expiación

A lo largo de las siguientes dos décadas ella intentó en más de una ocasión reestablecer algún tipo de contacto. Por ejemplo, varios meses después de mi salida de Italia, me escribió una carta en la que me contaba en qué andaba, los estudios, la familia, y un largo etcétera. Lo extraño era un párrafo a la mitad de la carta, desligado del resto del texto, donde comentaba que recordando y recordando me he dado cuenta de que hasta ahora hemos tenido unas vidas bastante paralelas, o, aún más sorprendentemente, ¿crees en las almas gemelas?

Mi primera reacción fue cargada de bilis. ¿A estas alturas se pone en plan sentimental?  ¿Por qué no hablaba de estas cosas cuándo se las necesitaba? Cuando bajó el enojo, reflexioné: yo estaba atravesando un momento de reconstrucción personal, tenía a la mano una conexión de internet y mucho tiempo libre. No perdía nada respondiendo. Así que por unos meses nos mantuvimos enlazados por una seguidilla de correos electrónicos donde hablábamos sobre nuestro pasado, nos poníamos al día sobre cómo nos había tratado y nos estaba tratando la vida, o comentábamos los episodios de Dawson’s Creek.

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Cap. 3: The winter of our discontent

Previo:

Tengo que pediros disculpas por esta larga ausencia motivada por causas familiares bastante importantes que todavía no estoy preparada para contaros en detalle, pero lo haré en el momento preciso. no pensaba ni por asomo dejar esta historia inacabada por muchos motivos, pero me ha sido muy complicado mantener una asiduidad con el blog durante estos dos últimos meses. Espero que podáis perdonarme.

Sin más dilación, continuemos.

 

Previously on… Cap. 2: Welcome to wherever you are

 

Siempre me ha resultado difícil

ver la diferencia entre la negación

y lo que antes se conocía como esperanza.

Michael Chabon, Chicos Prodigiosos

En la pared al costado de mi cama, dos ítems ocupaban gran parte del espacio a disposición. Una, era la foto de Ella, de la que ya os hablé. La otra era una gigantesca cuadrícula, trazada a plumón sobre varias hojas de papel, donde se podían identificar los números del 360 al 1, en orden decreciente. Cada día, una X roja aparecía encima de uno de ellos, en una cuenta atrás que encontraría su inevitable fin a mediados de agosto. Por esas fechas Ella, recorriendo el camino inverso al mío, se materializaría en el aeropuerto y el mundo volvería a ser perfecto, el futuro sería nuestro, cuando terminara el instituto me iría a estudiar a España, redoblarían las campanas, sonarían las trompetas. Estaba viviendo en la cloud number nine.

El otoño me resultó eterno. Con la cabeza en otro lado, mis resultados académicos tomaron una trayectoria esquizofrénica, preocupando a profesores, padres y amigos en igual medida. Mi humor dependía principalmente de si recibía noticias suyas; mi familia debe haber ponderado la posibilidad de exiliarme para no tener que soportar mis altibajos emocionales o la música empalagosa con la que inundaba la casa.

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Cap. 2: Welcome to wherever you are

Previosuly on… Cap.1: About a boy

En el flujo indefinido del tiempo y las emociones,

gran parte de la historia queda grabada en los sentidos.

Banana Yoshimoto, Kitchen

¿Cómo llegué a encontrarme sentado en un avión, solo, con quince años, en la ruta Milán-Barcelona?

No tengo clara la secuencia de eventos que me depositó en ese lugar. Mi memoria retuvo sólo fragmentos dispersos, distorsionados por la atracción gravitacional de lo que pasó después.

Por ejemplo, recuerdo claramente cuando, mientras hacía tiempo para tomar un autobús de vuelta a casa, pasé frente a una agencia de viajes. Un enorme banner en tonos granate y mostaza anunciaba ofertas en vuelos a España, rodeado de fotos con el who’s who de los clichés ibéricos. Permanecí frente a la vitrina, fijando ese collage donde encontraban espacio bailaoras, matadores, Almodóvar y un jamón, sin tener claro cuál sería el siguiente movimiento. Sigue leyendo

Cap.1: About a boy

Previously on… Introducción: The other side

Eres parte de mi existencia, de mí mismo.

Has estado presente en cada una de las líneas que he leído.

Charles Dickens, Grandes Esperanzas.

Desde que tengo memoria, una constante de mi vida ha sido la sensación de no pertenecer, de ser el odd man out. El niño que lee novelas cuando los demás no terminan de manejar el abecé; el forastero en tierra extraña, depositado entre compañeros que nacieron, crecen, se reproducirán y morirán en el mismo pueblo; el nerd que prefiere pasar su tiempo entre cómics y música en inglés, en lugar de correr por la casa rompiendo cosas.

Eras un niño raro, es el mantra que surge espontáneo frente a cualquier anécdota de la época.  Pero, desde mi punto de vista, raros eran los demás. Y nadie quiere pasar tiempo con esos, ¿verdad? Por fin algo sobre lo cual estábamos de acuerdo, el statu quo funcionaba perfectamente en ambas direcciones: ellos por su lado, yo por el mío. Sigue leyendo