Carta a mi Abu.

Querida Bubita,

Uno de los primeros recuerdos que tengo de ti es de mi primer viaje a Perú en las Navidades de 1985. Más o menos sobre esta época. Con 6 años era la primera vez que visitaba el país, y sí, yo era una niña un tanto especialita con la comida, bueno, algunos dirán que lo sigo siendo, pero es que quien tuvo retuvo, ya lo sabes. El caso es que recuerdo perfectamente que en aquel viaje todo me olía y me sabía raro, no era como la comida de España y la niña caprichosa que llevaba dentro se empeñaba en que solo quería comer filete con patatas fritas todos los dias. Santa paciencia la tuya que me preparabas casi todos los días (salvo honrosas excepciones) mi filete con sus patatas durante casi el mes entero que estuvimos allí. Gracias al cielo que con el tiempo aprendí a apreciar la exquisitez de la comida peruana, hoy una de mis favoritas.

Lo cierto es que gran parte de los recuerdos que tengo de ti están asociados a la cocina, lo que resulta irónico teniendo en cuenta lo poco (seamos sinceros, lo nada) que me gusta cocinar. Pero en mi memoria está bien asentada aquella enorme cocina de Tarapoto, con su mesa redonda en el centro en la que como si de un juego se tratase, nos ponías a escoger el arroz a mi hermano y a mi. Aquellas tardes en las que con Hombre lobo en París sonando en la radio, preparabas ponche de huevo en aquella ponchera y que sabía a gloria. Aquella cocina en la que hacías arroz con leche en esa olla gigante que había que dejar bien tapada con mil trapos y plásticos para que no se lo comieran las hormigas en una hora. Aquel molinillo de hierro en el que triturabas los cacahuetes para hacer mantequilla de maní, que solo recordarla ya estoy salivando. Lo mucho que me divertía machacar los plátanos para hacer tacacho, y cómo te observaba mientras envolvías los juanes en aquellas inmesas hojas de plátano.

Se me dibuja una enorme sonrisa en la cara cuando te recuerdo corriendo por el jardín detrás de una gallina para llevarla a la cazuela y aún recuerdo horrorizada la facilidad que tenías para desnucarlas y desplumarlas.

Recuerdo perfectamente una visita al mercado cogida de tu mano, en la que yo iba enfurruñada porque media hora antes me habían cortado el pelo en la peluquería de una amiga de mi madre y no me gustaba nada cómo me lo habían dejado. Recuerdo también que después, ese mismo día para calmar un poco mi enfado, me regalaste un precioso juego de té de porcelana para muñecas, que había sido de una de mis tías y que guardé durante muchísimos años.

Recuerdo las noches que dormía contigo cuando mis padres se iban de viaje a Lima a comprar género para la tienda y la emisora de salsa que escuchabas por las noches en la habitación.

Y recuerdo con especial cariño dos situaciones en las que tuviste paciencia infinita conmigo:

Una en la que jugando en la hamaca de tu habitación a girarme envuelta en ella, calculé mal y di con los morros en el suelo abriéndome una herida del mentón en el que ya tenía una cicatriz del año anterior. Mi susto fue de órdago, pero tú me limpiaste la herida y me la curaste y cuando unos días después llegaron mis padres, casi ni me acordaba del incidente.

Y la otra una noche en la que a mi me daba miedo andar a oscuras por casa y tenía muchas ganas de hacer pis. Esperé tanto que cuando me levanté y quise llegar al baño, las ganas me traicionaron y me hice pis en el inmenso pasillo de aquella casa. Allí estaba yo, en medio del pasillo, con las piernas abiertas, el pijama empapado y llorando a moco tendido de la vergüenza. Y tú te despertaste y con toda la paciencia del mundo me calmaste, me mandaste al baño mientras limpiabas aquel desastre y después de darme un pijama limpio me acompañaste a la cama.  Vergüenzas aparte, creo que es uno de los mejores recuerdos que tengo de ti.

Sé que he sido un desastre de nieta y que los más de 9000 km que nos separaban no son ninguna excusa. Pero sé que estés donde estés ahora, sabes exactamente todo lo que pienso, y aunque probablemente pertenecieses a ese ala de la familia que no está de acuerdo con cómo llevo ciertas cosas, quiero pensar que quizás ahora que tienes una visión más completa de todo podrías llegar a entenderme un poquito. Pero al fin y al cabo, aunque solo te haya disfrutado hasta los 11 años, solo tú y yo sabemos de la grandeza de esos recuerdos y me juzgues o no, es algo que atesoraré para el resto de mi vida en mi álbum mental de cosas bonitas.

Sé feliz, abu. Y sigue curando mis heridas y calmándome como cuando tenía 9 años desde donde quiera que estés. Siempre te he echado de menos.

Con todo el amor que nunca llegué a decirte,

Tu nieta, C.

Mi abuelita

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La consanguinidad no obliga

Cuánto daño ha hecho El Padrino con aquello de “la familia”.

Existe una creencia errónea que reza que por la familia se puede hacer, perdonar y permitir cualquier cosa. Y como ya digo es una creencia errónea. La sangre no se elige, es cierto, pero eso es lo único que no podemos elegir, el resto de las cosas que hagamos o digamos sí tenemos la potestad de elegirlas. Y no solo la potestad, si no el deber. Y de elegirlas bien.

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¿Pero qué es elegir bien?

Pues para cada uno elegir bien será algo diferente, no todos tenemos los mismos valores, ni los mismo gustos o creencias, aunque nos hayamos educado en el mismo ámbito familiar. Lo que siempre debemos tener presente es que lo que para uno puede ser bueno, para otro puede ser aberrante, o viceversa, pero no por ello debemos obrar bajo convencionalismos o normas socialmente aceptadas, porque la mayoría de las veces esperar que todos actúen bajo esas mismas normas, nos traerá más de una frustración.  Sigue leyendo

Lo que te gusta de mi.

Hace unos días, hice un juego de esos tontos de Twitter que entre otras cosas, seamos honestos, sirven para animarte y subirte el ego. Consistía en que mis followers y gente que me conoce dijese algo que les gustaba de mi. Sí, sí, narcisismo en estado puro, y qué?

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El proceso de curación

Hay operaciones de cirugía que se realizan solo cuando uno está preparado para meterse al quirófano, aunque el daño sea grave y requiera intervención. La elección de ese momento hará que la cura y el postoperatorio sean mas rápidos y llevaderos.

Los primeros días son horribles, la herida duele a morir, hasta crees que has hecho mal operándote, pero al tercer o cuarto día te das cuenta de que has tomado la decisión acertada, porque la herida ya estaba infectándose. En los días siguientes vas notando la mejoría. Los puntos están ahí, y aún duelen, pero puedes ver como van cicatrizando y como poco a poco vas recuperando el movimiento y rutinas anteriores.

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Perlitas de Sabiduría II: Despedidas de Post-it

Hoy me ha llamado mi profesor del curso que hice el año pasado y cuyas prácticas terminé a principio de este año.

Tenía pendiente recibir los partes de asistencia de las prácticas que mi tutor en la empresa debía haberme firmado durante las prácticas, pero como sólo lo vi el primer día y a mi otra jefa no la ví en el último mes que estuve allí, pues ha sido “complicado” que me los firmaran. La cuestión es que llevaba más de mes y medio detrás de ellos intentando quedar para ir a recoger esos papeles, pero nunca estaban en la oficina, vamos, por no estar no estuvieron ni el día que me fui. Se despidieron de mi por WhatsApp. Y tras un tiempo insistiendo en esos papeles y ante la incapacidad de coincidir, les pedí que me los mandaran por correo ordinario, harta de tener que estar siempre a la disposición de los demás. Después de todo ya no trabajo para ellos y tampoco es que tuvieran la decencia de despedirse de mi. Sigue leyendo

Los miedos, esos malditos.

Que yo por mis miedos soy lo que soy, o dejo de ser lo que quiero ser. Los miedos, esos malditos hijos de puta que todos tenemos.

– Y cómo elimino ese miedo?

– C, no lo vas a eliminar, va a estar ahí siempre, sólo tienes que aprender a manejarlo y vivir con él sin que te limite. Sigue leyendo

Hermanos

Siempre quise ser la pequeña de tres hermanos. Que la mayor fuera chica, que el segundo fuera chico y luego yo. Y que no nos llevásemos demasiados años para poder compartir experiencias sin sentirme desplazada por la edad. Quizá unos dos y 4 años de diferencia. Pero cuando te ha tocado ser la mayor de otro hermano, obviamente sabes que es algo que no va a suceder jamás. Sigue leyendo