Cap. 2: Welcome to wherever you are

Previosuly on… Cap.1: About a boy

En el flujo indefinido del tiempo y las emociones,

gran parte de la historia queda grabada en los sentidos.

Banana Yoshimoto, Kitchen

¿Cómo llegué a encontrarme sentado en un avión, solo, con quince años, en la ruta Milán-Barcelona?

No tengo clara la secuencia de eventos que me depositó en ese lugar. Mi memoria retuvo sólo fragmentos dispersos, distorsionados por la atracción gravitacional de lo que pasó después.

Por ejemplo, recuerdo claramente cuando, mientras hacía tiempo para tomar un autobús de vuelta a casa, pasé frente a una agencia de viajes. Un enorme banner en tonos granate y mostaza anunciaba ofertas en vuelos a España, rodeado de fotos con el who’s who de los clichés ibéricos. Permanecí frente a la vitrina, fijando ese collage donde encontraban espacio bailaoras, matadores, Almodóvar y un jamón, sin tener claro cuál sería el siguiente movimiento. Sigue leyendo

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Cap.1: About a boy

Previously on… Introducción: The other side

Eres parte de mi existencia, de mí mismo.

Has estado presente en cada una de las líneas que he leído.

Charles Dickens, Grandes Esperanzas.

Desde que tengo memoria, una constante de mi vida ha sido la sensación de no pertenecer, de ser el odd man out. El niño que lee novelas cuando los demás no terminan de manejar el abecé; el forastero en tierra extraña, depositado entre compañeros que nacieron, crecen, se reproducirán y morirán en el mismo pueblo; el nerd que prefiere pasar su tiempo entre cómics y música en inglés, en lugar de correr por la casa rompiendo cosas.

Eras un niño raro, es el mantra que surge espontáneo frente a cualquier anécdota de la época.  Pero, desde mi punto de vista, raros eran los demás. Y nadie quiere pasar tiempo con esos, ¿verdad? Por fin algo sobre lo cual estábamos de acuerdo, el statu quo funcionaba perfectamente en ambas direcciones: ellos por su lado, yo por el mío.

Hasta que, un buen día, otro extraterrestre terminó estrellando su nave en el mismo planeta. Sabéis a quien me refiero. Era Ella.

No tardamos mucho en establecer contacto; menos aún en volvernos inseparables. Éramos tan similares en nuestra extrema diversidad, que el resto del mundo quedaba automáticamente excluido de lo que compartíamos: en clase, en casa, jugando, conversando, sentados en un columpio, caminando bajo el sol o la lluvia, tomando un helado. Nuestras familias no quedaron ajenas a ese fenómeno y terminaron estableciendo amistad, multiplicando así nuestras oportunidades de pasar tiempo juntos.

Muy pronto, me di cuenta que el solo hecho de estar cerca de Ella me alegraba el día; años más tarde, con un poco más de raciocinio, entendería mejor qué me estaba sucediendo. De momento, me bastaba con buscar generarle una sonrisa, para verla convertirse de forma instantánea en lo más similar a la versión en carne y hueso de una protagonista de anime. Había un je ne sais quoi que tomaba vida en su rostro, iluminando todo lo que la rodeaba.

Para alguien cuyo supuesto conocimiento del mundo real derivaba de una biblioteca, esta conjunción astral era una señal manifiesta del destino. Percibía la típica tonada de las primeras páginas de las novelas, donde, pocas escenas después de haber sido introducidos al lector, los protagonistas eran conducidos por el azar y la pluma del autor a su primer y fatídico encuentro, iniciando un camino que inevitablemente conduciría a un final feliz.

Un concepto que, para mi edad, resultaba más oscuro y nebuloso que una tormenta de verano, extremadamente difícil de trasladar a la realidad en la que nos encontrábamos: lo único que tenía muy claro es que estaríamos juntos para siempre, together forever and never to part. Cuándo, dónde, cómo y por qué, eran incógnitas que ni valía la pena despejar en la ecuación. Lo importante era vivir el momento y dejarme llevar por ese mar de sensaciones cristalinas.

Si no hubiese estado tan sumergido en el remolino, y claro, hubiese tenido más kilometraje que el que me brindaban mis diez años, debería haber recordado que, entre el meet cute y el happily ever after, suelen sucederse docenas de digresiones, desvíos, disturbios, derrotas, desastres. Más aún porque, a esas alturas, ya había transitado por cuatro tomos de sangre, nieve, cañones y patronímicos rusos antes de ver reunidos a Pierre y Natasha; tiempo después, García Márquez me terminaría de abrir los ojos al respecto: “¿hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”. Estaba conduciendo la nave a toda máquina por los mares del norte, asumiendo que los icebergs nunca se cruzarían en mi camino, cantando a voz en cuello Heaven is a place on Earth.

Por eso, el día en que el gancho derecho de un peso pesado al fin apuntó a mi mandíbula, me encontró con la guardia baja. Y terminé besando la lona.

Una noche, mis padres me comunicaron que, por cosas del mundo real, nos teníamos que ir de ahí, para siempre, iniciando un periplo que me terminaría depositando a más de diez mil kilómetros de distancia de Ella, en Italia. Los plazos eran perentorios: el tiempo de subir tres años de vida a un camión, hacer dos maletas, abordar el avión, y bajaría el telón.

No recuerdo prácticamente nada de esos días.

Hay una foto de los últimos minutos que compartimos, esa tarde de otoño tropical en el aeropuerto, dónde sólo estamos nosotros dos y nuestros respectivos hermanos. Yo soy el único que no está mirando a la cámara, por obvios motivos; tengo la cabeza girada hacia un punto indefinido en el universo, lejos de todos y de todo, mientras me apoyo a la malla metálica que nos separa de la pista de aterrizaje, como buscando anclarme a ese espacio y a ese tiempo.

Treinta años y pocos días después, me sigue resultando desgarrador verme en esa imagen; no tanto porque mi memoria haya guardado una sensación precisa del momento, sino porque es imposible no entender el proceso de desintegración interna que estaba atravesando.

Detrás de mí sólo dejé un dibujo, dedicado a ella. Yo me llevé uno suyo, de Pumuky.

Y me fui.

1989 - Despedida

 

Mi vida volvió a la odiosa normalidad: otro pueblo, misma canción. Lo único que compartía con mis coetáneos era una carpeta en el colegio o una porción de un campo de fútbol. Ningún extraterrestre extraviado aterrizaría cerca de mí.

Escribe sobre lo que sientes, me aconsejó mi madre, viendo que había vuelto al modo ermitaño. Me imagino que se refería a que descargara mis penas en un diario. Lo que consiguió fue crear un monstruo, tricéfalo como Cerbero: al cabo de pocos días, tuvo que soportarme por un par de horas mientras explicaba mis detallados planes para desarrollar tres historias, nada menos, pasando sin tapujos de la novela histórica a la fantasía heroica, con al medio algo contemporáneo, porque qué más da. Unos auténticos laberintos sustentados en la alternancia de líneas temporales enmarañadas, poblados por más personajes que una enciclopedia mitológica, inmersos en cantidades industriales de melodrama. En comparación, Hamlet era un cuento de hadas y Memento un ejemplo de estructura tradicional.

Sin embargo, las tres tenían aspectos en común. Por un lado, sus eventos giraban alrededor de un mismo arquetipo, reflejado en una trinidad de protagonistas femeninas virtualmente indistinguibles entre sí, empezando por sus nombres tan obviamente similares, y similares al de Ella, claro está. Por el otro, todas compartían el mismo tipo de epílogo, cargado de desesperanza para cada uno de sus personajes; me abstengo de analizar las melodías lúgubres que componía, como banda sonora, para esos primeros intentos de creación literaria.

De ese oscuro pantano me salvó, en primer lugar, mi crónica incapacidad de escribir eficientemente, dando vida a nuevas tramas y accidentes cada día, y empujando la palabra fin hacia un futuro vago e incierto. Aunque, en fin de cuentas, el calendario tuvo un efecto incluso más crítico. Los días se convirtieron en meses, los meses en años, y sin darme cuenta me encontré estudiando en otra ciudad, a una hora diaria de autobús de los raros que me habían rodeado hasta ese momento; finalmente entre personas como yo, que sabían quién era la Perla de Labuan, que apreciaban el debut discográfico de The Cranberries, que contaban los días para el estreno de Parque Jurásico, que valoraban los buenos resultados académicos. Ya no estaba solo.

En ese estado de fervor social e intelectual, mis infantiles impulsos narrativos quedaron en un cajón y con ellos, casi sin sentirlo, el bagaje emocional que los provocó. De ese pasado, ya remoto, sólo me quedaba una amiga por correspondencia. Su familia había seguido finalmente nuestros pasos, dejando atrás el lugar donde fuimos felices para establecerse, como nosotros, en su país de origen, España. La distancia se había recortado significativamente, pero el intercambio epistolar siguió una trayectoria cada vez más esporádica, y la liviandad de esas cartas se reflejaba en una rutinaria invitación recíproca a visitarnos, puesta ahí más por buena educación que por intención real. Todo tranquilo en el frente occidental.

No había calculado que, en ciertas ocasiones, el relámpago cae dos veces.

 

To be continued…

Introducción: The other side

Después de las dos últimas entradas de este blog se sucedieron varias cosas. Pero todo empezó cuando le envié los enlaces de las publicaciones al otro protagonista de esta historia. No voy a dar muchos detalles porque ya explica él en la introducción el por qué de los siguientes posts, pero fue una decisión mutua que ha terminado materializándose en un más que largo escrito que aunque amenacé con ejercer de editora y empezar a cortar, voy a respetar en su totalidad hasta la última coma porque debo ser justa con todo lo que me ha hecho sentir cuando lo leí. Incluso las partes en las que soy la peor bruja de la historia del mundo mundial.

Sin embargo lo que sí es cierto y para no hacer este post eterno y agotador, voy a tener que publicarlo por capítulos, tal y como lo ha estructurado el autor en su origen.

No me entretengo más, os dejo con la lectura. Hoy, por ser el primero, os dejo la intro y en el siguiente post el Capítulo 1. Sólo espero que no me odiéis después de leerlo.

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La Serie de mi vida. Capítulo 2

Previously on…

Despertarse a las 7 de la mañana con tal noticia en los mensajes de mi Instagram me produjo poco menos que un shock. Entiéndase, estaba medio dormida y era un día de semana así que tenía el automático puesto y hasta que fui a descargar al baño no fui plenamente consciente de lo que aquello significaba. Y desde luego nunca pensé que tendría tan poco tiempo para hacerme a la idea.

Supongo que él también, pero durante mucho tiempo, aquí una romántica empedernida idealizó cómo sería ese encuentro. Lo reprodujo en su cabeza de mil formas diferentes y le dio mil finales a esa escena. No me avergüenza reconocerlo en absoluto. No puedo renegar de esa parte de mi ni de mi forma de ser.

Pero la realidad es bien distinta. Y si algo se me da bien, es distinguir los sueños de la realidad. Y la realidad es que en el presente, con casi 40 años, las cosas eran muy diferentes para los dos. Ya dejamos claro en el capítulo anterior que llegó el momento en el que nos dimos cuenta de que éramos dos personas muy diferentes, de que habíamos evolucionado por caminos muy distintos y de que a pesar de que teníamos cosas en común, los dos habíamos dado por zanjada una época.

Pero seamos sinceros, nos faltaba el reencuentro. Porque a a pesar de la cancelación tras la segunda temporada y del universo transmedia creado en los albores del nuevo siglo, toda buena serie necesita cerrar sus tramas y más si se trata de la trama principal.

Así que allí estaba yo. Sentada en la mesa del restaurante en el que había reservado para cenar en pleno jueves a las ocho y media de la tarde. OMG! Cenar a las 8:30 de la tarde, nos estamos haciendo mayores o extranjeros? Definitivamente mayores.

Un WhatsApp a mis amigas para decirles que ya estaba esperando y un par de sonrisas a dos perretes que había en el local. Y apareció.

Con los brazos extendidos pidiendo un abrazo. Me faltaron piernas para acercarme y brazos para rodearle. Fue un abrazo largo y más tiempo que me hubiera yo quedado allí. Había muchos abrazos que recuperar. Pero solo teníamos una noche.

Empezamos a hablar enseguida, apenas perdimos tiempo en entrar en conversación. Primero con temas más triviales y actuales, como qué haces ahora, el trabajo, anécdotas de mi último viaje,… tema que por cierto dio lugar a un apartado especial de anécdotas aeroportuarias con autoridades varias, amagos de deportaciones y cuartos de la policía del aeropuerto.

La reserva del restaurante decía que podíamos disfrutar de la mesa durante 1 hora y 50 minutos, es decir hasta las 22:20. Salimos del restaurante casi a media noche y en busca de un lugar donde seguir hablando y tomando algo.

Encontramos un sitio discreto donde nos pudimos sentar y tomamos como una señal que la carta de cócteles tuviera Pisco Sour. Pero resultó ser una fake signal, ya que enseguida nos dijeron que no tenían esa noche. Acabamos con dos mojitos.

Y como todo buen guión, el meollo de la trama no se empieza a mostrar hasta alcanzados el quinto o sexto capítulo, así que fue ahí donde empezaron a salir a colación todas las situaciones vergonzosas vividas en la adolescencia, los altibajos emocionales consecuencia de algunos e-mails que derrochaban cinismo y a veces crueldad, o incluso la alegoría seriéfila de la que beben estos posts y con la que como buenos adictos a ciertos títulos analizamos todos esos años.

Fue una noche de risas y muchas sonrisas. Creo que a mi no se me fue de la cara en toda la noche a tenor del dolor de mandíbula que pude sentir en algún momento. Pero quién puede resumir casi 25 años en apenas 5 horas? Se me hicieron treméndamente cortas, sobre todo porque eché en falta cosas como un poco más de contacto físico. Creo que estuvimos muy tensos físicamente en algún momento, pero era lógico, nos hacía falta más tiempo. A pesar del abrazo inicial, todo se redujo a eso y a una despedida más rápida de lo deseada.

Y la clara prueba de que todo fue rodado y de lo a gusto que estuvimos es que se nos olvidó hacer “la foto del reencuentro” y en su lugar solo tuvimos la worst-photo-ever (que obviamente no voy a poner aquí), sacada en un taxi, pidiéndole al taxista que encendiera todas las luces posibles de dentro del coche porque la ocasión merecía hacerse esa foto. Resultado: flashazo en toda la cara, él achinado (y la china soy yo!), yo con los ojos hinchados del cansancio y sin cuello y los dos con la cara que no nos hacía justicia ninguna y el cinturón de seguridad limitando postura y movimiento. Eso sí, las sonrisas no pueden ser más enormes.

Y ahora qué?

Pues sinceramente, no lo sé. El tiempo lo dirá. Quizá sea yo la próxima en viajar a tierras del sur, quizá haya otro encuentro en su próximo viaje a Europa, quién sabe? De lo que estoy segura es de que habrá más cenas como esta, aunque en la siguiente ya peinemos largas canas y haya que tener cuidado con los abrazos para no rompernos algún hueso. Yo ya tengo ganas de ver lo que nos depara la vida. Porque sí, estoy convenida de que vendrán grandes cosas para ambos.

Y el otro día, en una tarde de música random, Spotify tuvo a bien colarme esta canción en mi lista de reproducción que me recordó y me recordará, sin ningún atisbo de duda a esa noche del 21 de Febrero de 2019. Por favor, obviar el videoclip que tiene muchos años y Diego Torres demasiada melena y quedaros con la letra.

 

 

THE END

 

La Serie de mi vida. Capítulo 1

Hace mucho que no escribo nada bonito. Y ya toca, no?

Hace mucho que no me paso por aquí, y he de decir que no voy a poner ninguna excusa tipo “no tengo tiempo” o “no tengo nada que contar”, porque lo cierto, es que organizándome un poco sí que tengo tiempo para escribir y la verdad es que sí que tengo mucho que contar. Pero sabéis qué? He decidido pasar ese tiempo disfrutando de las cosas bonitas que me están pasando últimamente, en vez de contarlas. Me he dedicado a vivirlas. Y se está muy bien, oye. Pero como me debo a mis fans (ejem… jajajaja), he dicho que ya está bien. Y aquí estoy.

Porque creo que la ocasión merece un post de los que a mi me gustan, de esos que remueven cositas por dentro, que producen añoranza, nostalgia, pero también felicidad y que te hacen sentir bien. Pero sobre todo, al menos para mi, de los que dan esperanza. Sigue leyendo

Carta a mi Abu.

Querida Bubita,

Uno de los primeros recuerdos que tengo de ti es de mi primer viaje a Perú en las Navidades de 1985. Más o menos sobre esta época. Con 6 años era la primera vez que visitaba el país, y sí, yo era una niña un tanto especialita con la comida, bueno, algunos dirán que lo sigo siendo, pero es que quien tuvo retuvo, ya lo sabes. El caso es que recuerdo perfectamente que en aquel viaje todo me olía y me sabía raro, no era como la comida de España y la niña caprichosa que llevaba dentro se empeñaba en que solo quería comer filete con patatas fritas todos los dias. Santa paciencia la tuya que me preparabas casi todos los días (salvo honrosas excepciones) mi filete con sus patatas durante casi el mes entero que estuvimos allí. Gracias al cielo que con el tiempo aprendí a apreciar la exquisitez de la comida peruana, hoy una de mis favoritas.

Lo cierto es que gran parte de los recuerdos que tengo de ti están asociados a la cocina, lo que resulta irónico teniendo en cuenta lo poco (seamos sinceros, lo nada) que me gusta cocinar. Pero en mi memoria está bien asentada aquella enorme cocina de Tarapoto, con su mesa redonda en el centro en la que como si de un juego se tratase, nos ponías a escoger el arroz a mi hermano y a mi. Aquellas tardes en las que con Hombre lobo en París sonando en la radio, preparabas ponche de huevo en aquella ponchera y que sabía a gloria. Aquella cocina en la que hacías arroz con leche en esa olla gigante que había que dejar bien tapada con mil trapos y plásticos para que no se lo comieran las hormigas en una hora. Aquel molinillo de hierro en el que triturabas los cacahuetes para hacer mantequilla de maní, que solo recordarla ya estoy salivando. Lo mucho que me divertía machacar los plátanos para hacer tacacho, y cómo te observaba mientras envolvías los juanes en aquellas inmesas hojas de plátano.

Se me dibuja una enorme sonrisa en la cara cuando te recuerdo corriendo por el jardín detrás de una gallina para llevarla a la cazuela y aún recuerdo horrorizada la facilidad que tenías para desnucarlas y desplumarlas.

Recuerdo perfectamente una visita al mercado cogida de tu mano, en la que yo iba enfurruñada porque media hora antes me habían cortado el pelo en la peluquería de una amiga de mi madre y no me gustaba nada cómo me lo habían dejado. Recuerdo también que después, ese mismo día para calmar un poco mi enfado, me regalaste un precioso juego de té de porcelana para muñecas, que había sido de una de mis tías y que guardé durante muchísimos años.

Recuerdo las noches que dormía contigo cuando mis padres se iban de viaje a Lima a comprar género para la tienda y la emisora de salsa que escuchabas por las noches en la habitación.

Y recuerdo con especial cariño dos situaciones en las que tuviste paciencia infinita conmigo:

Una en la que jugando en la hamaca de tu habitación a girarme envuelta en ella, calculé mal y di con los morros en el suelo abriéndome una herida del mentón en el que ya tenía una cicatriz del año anterior. Mi susto fue de órdago, pero tú me limpiaste la herida y me la curaste y cuando unos días después llegaron mis padres, casi ni me acordaba del incidente.

Y la otra una noche en la que a mi me daba miedo andar a oscuras por casa y tenía muchas ganas de hacer pis. Esperé tanto que cuando me levanté y quise llegar al baño, las ganas me traicionaron y me hice pis en el inmenso pasillo de aquella casa. Allí estaba yo, en medio del pasillo, con las piernas abiertas, el pijama empapado y llorando a moco tendido de la vergüenza. Y tú te despertaste y con toda la paciencia del mundo me calmaste, me mandaste al baño mientras limpiabas aquel desastre y después de darme un pijama limpio me acompañaste a la cama.  Vergüenzas aparte, creo que es uno de los mejores recuerdos que tengo de ti.

Sé que he sido un desastre de nieta y que los más de 9000 km que nos separaban no son ninguna excusa. Pero sé que estés donde estés ahora, sabes exactamente todo lo que pienso, y aunque probablemente pertenecieses a ese ala de la familia que no está de acuerdo con cómo llevo ciertas cosas, quiero pensar que quizás ahora que tienes una visión más completa de todo podrías llegar a entenderme un poquito. Pero al fin y al cabo, aunque solo te haya disfrutado hasta los 11 años, solo tú y yo sabemos de la grandeza de esos recuerdos y me juzgues o no, es algo que atesoraré para el resto de mi vida en mi álbum mental de cosas bonitas.

Sé feliz, abu. Y sigue curando mis heridas y calmándome como cuando tenía 9 años desde donde quiera que estés. Siempre te he echado de menos.

Con todo el amor que nunca llegué a decirte,

Tu nieta, C.

Mi abuelita

La consanguinidad no obliga

Cuánto daño ha hecho El Padrino con aquello de “la familia”.

Existe una creencia errónea que reza que por la familia se puede hacer, perdonar y permitir cualquier cosa. Y como ya digo es una creencia errónea. La sangre no se elige, es cierto, pero eso es lo único que no podemos elegir, el resto de las cosas que hagamos o digamos sí tenemos la potestad de elegirlas. Y no solo la potestad, si no el deber. Y de elegirlas bien.

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¿Pero qué es elegir bien?

Pues para cada uno elegir bien será algo diferente, no todos tenemos los mismos valores, ni los mismo gustos o creencias, aunque nos hayamos educado en el mismo ámbito familiar. Lo que siempre debemos tener presente es que lo que para uno puede ser bueno, para otro puede ser aberrante, o viceversa, pero no por ello debemos obrar bajo convencionalismos o normas socialmente aceptadas, porque la mayoría de las veces esperar que todos actúen bajo esas mismas normas, nos traerá más de una frustración.  Sigue leyendo